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Berrinches, premios y castigos con comida: cómo se aprende a comer emocionalmente

Muchas veces pasamos por alto frases cotidianas en el día donde la comida es usada como moneda de cambio afectiva:

•      “Si te portas bien, te compro un helado.”

•      “Ya no llores, toma, cómete esto.”

•      “Te quedas sin postre por lo que hiciste.”

•      “No te levantas hasta que te acabes todo.”

Ninguna de estas frases se dice con mala intención. Todas se dicen con amor, con prisa, con cansancio o porque así nos criaron. Y todas enseñan lo mismo:

La comida no es comida. Es premio, es consuelo, es castigo, es control.



El termostato con el que nació tu hijo

Un bebé sano nace con un sistema de autorregulación extraordinario: come cuando tiene hambre y se detiene cuando está lleno. Nadie se lo enseñó. Es un termostato interno —lo llamamos señales de interocepción— que le dice cuándo empezar y cuándo parar.

Ese termostato es frágil, y se calibra con la experiencia.

Cuando un niño crece escuchando “acábate todo”, “un poquito más por mamá”, “si comes te doy un dulce” o “come aunque no tengas hambre”, lo que está aprendiendo no es a comer. Está aprendiendo a dejar de escucharse por dentro y empezar a escuchar por fuera: el plato, el reloj, la cara de mamá, el premio.

Este tipo prácticas de alimentación controladoras pueden dañar la capacidad del niño de atender sus propias señales internas de hambre y saciedad, y le enseñan a asociar el acto de comer con señales distintas del hambre, aumentando el riesgo de comer cuando no hay necesidad fisiológica.Ese es el mecanismo exacto por el cual, veinte años después, alguien abre el refrigerador a las 11 de la noche después de una discusión, sin hambre, sin saber muy bien por qué.


Las cuatro prácticas que más lo dañan

En nutrición pediátrica tenemos nombre para ellas:

1. Alimentación instrumental (la comida como premio)

“Si te comes el brócoli, te doy pastel.” “Si sacas buenas calificaciones, vamos por pizza.”

2. La comida como castigo

“Te quedas sin postre.” “Por eso hoy no hay dulce.”

3. Alimentación emocional (la comida como consuelo)

El niño llora, se cae, se frustra o se aburre → se le ofrece comida para que se calme.

4. Presión y restricción

“Acábate todo.” “Ya no comas más.” “Eso no, engorda.”

Las cuatro tienen algo en común: desplazan la conversación emocional y la sustituyen por comida. Y las cuatro se han asociado, en estudios de seguimiento, con mayor comer emocional y peor regulación del apetito en la infancia y en la vida adulta.



La trampa del premio: le estás enseñando una jerarquía

Cuando dices “si te comes las verduras, te doy pastel”, tu hijo no aprende a comer verduras. Aprende dos cosas:

•      El pastel vale más que el brócoli. Nadie premia con algo que no sea valioso. Le acabas de comunicar la jerarquía sin decir una palabra.

•      El brócoli debe ser terrible, porque hay que pagarle para que lo coma.

Esto se llama sobrejustificación: cuando premias una conducta, el niño deja de hacerla por interés propio y empieza a hacerla por el premio. Quita el premio y la conducta desaparece. Usar un alimento como recompensa para que el niño coma otro puede aumentar la preferencia por el alimento-premio y disminuir las preferencias saludables a largo plazo.

Es decir: la estrategia que usamos para que coman más sano produce, con los años, exactamente lo contrario.



La trampa de la prohibición

Cuando un alimento se prohíbe o se restringe fuertemente, no se vuelve menos deseable. Se vuelve más deseable. Adquiere el brillo de lo prohibido.

Esto explica una escena que muchos padres describen en consulta con desconcierto: “En mi casa no hay dulces, pero en la fiesta come como si no hubiera comido en una semana.”

No es falta de control. Es la respuesta predecible a la restricción. Y en niños más grandes aparece su versión más preocupante: comer a escondidas, guardar comida en el cuarto, sentir culpa después.

La culpa es la parte más costosa. Un niño que aprende a sentirse mal moralmente por comer un alimento —“me porté mal”, “hice trampa”— está construyendo la base cognitiva del ciclo restricción-atracón-culpa que veremos en la adolescencia.


Qué pasa en la adolescencia

Aquí es donde el vínculo con la comida cobra la factura. El adolescente que creció con comida como moneda emocional suele llegar a esta etapa con:

•      La comida como su principal herramienta de regulación emocional. Ante estrés escolar, conflicto o soledad, el reflejo automático no es hablar, moverse o buscar compañía. Es comer.

•      Una brújula interna apagada. No sabe si tiene hambre. Come por horario, por antojo, por emoción, por aburrimiento.

•      Un vocabulario moral para la comida. “Bueno” y “malo”, “limpio” y “sucio”, “me lo gané”, “tengo que compensarlo”.

Si durante toda la infancia el control se ejerció a través del plato, el plato será el terreno natural donde el adolescente pelee su autonomía. Comer o no comer se vuelve una forma de decir “esto sí es mío”.


Qué decir en lugar de

Esta es la parte práctica. No se trata de dejar de poner límites —los límites son indispensables— sino de poner los límites con palabras y no con comida.

En lugar de…

Prueba con…

“Si te portas bien, te doy un dulce.”

“Si terminamos rápido el súper, nos alcanza para pasar al parque.”

“Te quedas sin postre por lo que hiciste.”

“Aventaste el juguete, así que lo guardo hasta mañana.” (La consecuencia va sobre la conducta, no sobre la comida.)

“Ya no llores, toma esta galleta.”

“Estás muy triste. Ven, te abrazo hasta que se te pase.”

“Acábate todo lo que hay en el plato.”

“Ese es tu plato. Come lo que tu pancita necesite.”

“Si comes verdura, te doy postre.”

“Hoy hay verdura y hay postre. Los dos son parte de la comida.”

“Ya comiste mucho, ya no.”

“¿Todavía tienes hambre o ya estás satisfecho?”

“Eso engorda.”

“Eso nos da energía rápida; también necesitamos otras cosas.”

“Un poquito más por mamá.”

(Silencio. No comer no es un rechazo hacia ti.)

 

La regla de oro que resume todo esto se llama División de Responsabilidad (Ellyn Satter):

Los papás deciden QUÉ se sirve, CUÁNDO y DÓNDE. El niño decide CUÁNTO come y SI come.



Consolar sin comida: el guion de reemplazo

Cuando quites la comida del kit de consuelo, tienes que poner algo en su lugar. Si no, el vacío se siente como abandono.

Aquí Tere ya nos dio la herramienta en su artículo, y funciona igual en la cocina: ponle palabras a lo que siente.

•      Primero nombra: “Estás muy enojado porque se acabó el tiempo del parque.”

•      Luego acompaña: “No me voy a ir. Aquí estoy contigo hasta que se te pase.”

•      Después ofrece alternativas reales: un abrazo, agua, salir a caminar, apretar un cojín, dibujar lo que siente, contar hasta diez juntos.

•      Y solo al final, si aplica, resuelve: “¿Quieres que veamos qué podemos hacer?”

Un niño que aprende que la tristeza se acompaña —no se tapa— es un niño que llegará a los quince años con más de una herramienta.


“¿Entonces le quito el postre?”

No. Justo lo contrario.

La forma más eficaz de desactivar el poder emocional de un alimento es normalizarlo: que el postre exista de forma predecible, sin condiciones y sin discurso moral.

•      Que aparezca como parte de la comida, no como recompensa por ella.

•      Que no dependa de la conducta, ni de cuánta verdura comió, ni de las calificaciones.

•      Que se sirva y ya. Sin comentarios sobre su cuerpo, sin “te lo ganaste”, sin “solo esta vez”.

Un dulce que está siempre disponible en un marco predecible es solo un dulce. Un dulce que se gana, se pierde y se negocia es un objeto cargado de significado emocional, y ahí es donde empieza el problema.


Si ya lo hiciste: la reparación también aplica aquí

Casi todos hemos dicho alguna de estas frases. Yo las he dicho. Nuestros papás nos las dijeron.

Con un niño más grande o un adolescente, la reparación puede sonar así:

“He estado pensando en algo. Muchas veces te dije que si no te portabas bien te quedabas sin postre, o te daba dulces para que dejaras de llorar. No lo hice con mala intención, pero aprendí que eso no ayuda. La comida no es un premio ni un castigo. De ahora en adelante lo vamos a hacer distinto, y si me equivoco, dímelo.”

Eso no te quita autoridad. Le enseña que los adultos revisan lo que hacen.


Cuándo pedir acompañamiento

Vale la pena una valoración —nutricional, psicológica o ambas— si observas:

•      Que tu hijo coma a escondidas o guarde comida

•      Que exprese culpa o vergüenza después de comer

•      Que la comida se haya vuelto el terreno principal de conflicto en casa

•      Cambios importantes en su forma de comer: saltarse comidas, rechazar alimentos que antes le gustaban, evitar comer con la familia

•      Comentarios frecuentes sobre su cuerpo o el de otros

•      Un adolescente que empezó a seguir reglas alimentarias rígidas por su cuenta

•      Que tú misma reconozcas que la comida es tu propia herramienta de regulación emocional (esto se transmite, y trabajarlo es uno de los regalos más grandes que puedes darle)

 

Ningún niño nace comiendo por tristeza. Se aprende, y se aprende en casa, con frases dichas con amor y con prisa. La buena noticia es que lo aprendido también se puede reaprender —y casi siempre empieza el día que un adulto decide que las emociones se hablan y la comida se come.




Fuentes

•      Birch LL, Fisher JO. Development of eating behaviors among children and adolescents. Pediatrics.

•      Jansen PW, et al. Generation R Study: uso de comida como recompensa y su relación con el comer emocional y la selectividad alimentaria de los 4 a los 9 años.

•      Stone RA, et al. Predicting preschool children's emotional eating: the role of parents' emotional eating, feeding practices and child temperament. Maternal & Child Nutrition, 2022.

•      Rodenburg G, et al. Emotional and instrumental feeding practices regarding foods eaten between main meals.

•      Satter E. Division of Responsibility in Feeding (sDOR). Ellyn Satter Institute.

 
 
 

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